Letra de Manco

Casa con pileta

Adrian Calvo.

Acabo de separarme y no siento nada. Después de casi veinte años de casado, Andrea me pidió el divorcio. Habían hecho causa común con Celina, la única hija que tuvimos. Fue de la noche a la mañana y esperaban una tormenta de mi parte, pero no hubo resistencia y se encontraron con mi pregunta de que si querían quedarse con el departamento. Antes de que entendieran si se trataba de una opción, les dije que era de ellas. Estaban desconcertadas y tuvieron que replegar la batería ofensiva que habían preparado, con abogado incluido. Se esforzaron para no ponerse contentas, el momento no daba. A cambio les pedí una semana para ordenar mi mudanza.

Ellas creían que obtenían una ventaja pero era yo quien ganaba. Ese piso tuvo algún sentido durante los primeros años de Celina, con el cotillón de sus cumpleaños y su cuarto atiborrado de dibujos y peluches. Luego se fue llenando de nada. Un espacio más amplio que el que habíamos comprado, y donde los tres deambulábamos sin intención de encontrarnos.

Solo extrañaría la cocina, su ventanal dando al corazón de la manzana, el efecto del sol colándose por la persiana y tocando cada objeto. Fuera de eso nada.

Ahora estoy buscando otro piso. Lo hago a la salida del trabajo. Nunca imagine que la ciudad tuviera tantos árboles ni gente con tantos perros. Ayer estuve en la zona norte, cruzando el río. Trepe por la bajada Sáenz Peña hasta la estación de trenes. Luego zigzagueé por las calles hasta convencerme de que esos barrios no me sientan. Es un sentimiento de desarraigo por la pura costumbre de haber vivido siempre del otro lado del río.

Me entretuve visitando unos departamentos y fue en uno de ellos cuando imaginé que una casa me sentaría mejor. El agente inmobiliario, un tal Ramírez, también me ayudo.

-¿Separado?

-Sí.

-¿Y donde vivía antes?

-En un departamento.

-Mejor búsquese una casa, es más fácil de llenar.

-¿Llenar de qué?

-De llenar con lo que usted quiera, de plantas, perros, canarios, duendes de yeso, amigos…

El teléfono retumba odioso en el estudio. Mi secretaria me pasa la llamada. Del otro lado una voz de locutora pone cada palabra en su sitio.

-¿Arquitecto Dipardi?

-Diga…

-De RAM Inmobiliaria. Encontramos una casa para usted. El señor Ramírez pregunta si puede mañana a las dieciocho horas. Le paso la dirección, tome nota.

Cuelgo. Mi secretaria me mira y me pregunta:

-¿Casa o departamento?

-Creo que casa.

-Pero vas a flotar en una casa.

-Eso es lo que quiero.

Guardo el auto en la cochera y decido ir caminando. Es un ejercicio de doce cuadras en subida por la avenida Irigoyen. Los estudiantes bajan en hordas desde la ciudad universitaria. Los mozos acomodan los manteles de papel en los bares cerveceros. En un par de horas la avenida será un hormiguero subrayado por el neón y el ruido del tránsito.

Atravieso el parque y aprieto el paso. La gente corre con sus jogging para ganarle a la vida unos años más. De unos viejos eucaliptus cuelgan unas lianas de telas en las que se suspenden dos jovencitas garabateando figuras acrobáticas. No miran a nadie, solo se suspenden, lejos del mundo.

La tarde pasa por encima de la arboleda como un río amarillo. Cruzo en dirección a la Ciudad de las Artes y busco la calle que me citó la secretaria de Ramírez. Las sombras de unos robles me alivianan la fatiga. Alguien que no veo está quemando hojas secas y el olor me llega como un registro tribal, remoto. Recuerdo la película “La guerra del fuego” y pienso que lo más productivo que hice en estos últimos años fue empacharme de cine.

La casa no dice mucho. Esta recién pintada y el jardín fue arreglado a las apuradas. Es una casa barco, con los balcones que imitan a las barandas de los trasatlánticos, de mediados de los años 40, una revolución en la construcción cuando alguien pensó que se podía hacer la misma casa pero con la mitad del material.

Afuera está estacionado un BMW con llantas deportivas. Del auto se baja Ramírez, enfundado en un traje gris brillante, corbata regimental y botas negras de media caña. Nada más parecido a un chulo.

-Que puntual arquitecto. Venga y vea.

El olor de la pintura fresca y de la lavandina hiere la nariz.

-Construcción vieja, sólida, pero esta impecable- dice Ramírez.

-Los dueños nunca vivieron aquí, invertían en propiedades y después de la crisis se radicaron en Miami. Un clásico del autoexilio argentino. Los intelectuales a Paris, los ricos con miedo a la Florida.

-Entiendo.

-Pero venga Dipardi, arriba están los dormitorios.

Las habitaciones tienen balcón y una de ellas una terraza con vistas al fondo de la casa. Salgo y descubro un patio con jardín. Primero unas baldosas calcáreas y después una gramilla amarillenta quemada por las primeras heladas. Casi al final del patio, contra la medianera, una pileta cuadrada con una grieta que la parte en dos. A pesar del abandono, la escalera de acero todavía brilla con lo poco que queda de sol. Contra la otra medianera se desgrana un asador de chimenea. Los ladrillos se asoman entre el revoque, y la loza vencida se apoya en una pata de mueble viejo. Al lado, una palmera pindó. Un cantero, o lo que queda de él, corre entre la pared y la pileta.

-Qué pena la pileta- digo.

-Una pena. La dejaron sin agua y se partió en dos. Pero lo del asador se lo arreglamos.

-¿Cuándo firmamos?

Helena, la secretaria de Ramírez, no es lo que pensé y me encuentro con una mujer que no llega a los cuarenta, sin escotes, elegante, decidida. Sin dudas, el cerebro de la inmobiliaria.

El chulo de Ramírez se pasea como un animal hambriento, está nervioso y apenas me saluda. En la sala contigua están vendiendo algo gordo o al menos lo intentan. Me llegan voces con objeciones y afirmaciones acaloradas.

Mientras firmo el contrato le pregunto a Helena si al lado se les está cayendo la venta.

-Hasta ahora se firmaba, pero el comprador vino con el dato de que no hay agua en la zona. Para Ramírez va a ser una tragedia, es la venta del año. Imagínese, cuatrocientas hectáreas…la comisión es alta.

-¿Y el campo dónde esta?

-En el departamento San Javier, una finca de olivares entre La Población y La Paz.

-¿Y recién ahora les cae con el dato del agua? Los está peleando para pagar menos. En ese faldeo el agua no se ve, pero está.

-Pero el vendedor por menos no vende.

-Sí, si va a vender, pero no ahora. Va a pasar un tiempo, se va a desgastar y en un par de meses, un año, lo va a vender por menos de lo que vale.

-¿Y usted cómo sabe?

-Por el dato en el momento final, a minutos de firmar el boleto. El que compra no lo quiere para cultivo o pastura. Es un especulador. Hoy lo compra barato con el argumento del agua, y mañana lo vende a precio real.

-Espere.

Helena se levanta y llama a Ramírez. Conversan. Ramírez me mira agitado.

-¿Usted se anima a dar testimonio de que la zona tiene agua? Sin compromiso arquitecto, fuera de toda obligación profesional.

Entro y Ramírez hace las presentaciones. Hago el papelito de experto mientras calibro al comprador. No hay dudas, es un gusano. Las manos mantecosas que jamás tocaron una pala, la sonrisa torcida, a destiempo, propio de los que disfrutan sacando ventaja. También viste como un gusano, con un saco varios talles más grandes para que le dure mucho por si engorda.

En la otra punta de la mesa, los vendedores. Una pareja de gringos acriollados, sesentosos. Ella, ojos claros y sumisos. El, un hombre rústico, con unas manos por las que pasaron todas las herramientas del pañol.

-Así que usted dice que el campo tiene agua, ¿y cómo lo sabe?

-Conozco la zona al dedillo- Exagero y creo que no se me nota.

-Pero si no hay garantía de agua, ese campo vale menos.

Entonces se me viene el malón de argentinidad a la cabeza, se me sube el telón y aparecen los iconos de la patria grande, se me velan los ojos con los vapores de los barcos cargados de inmigrantes, el grito de Alcorta, la Reforma del 18, el Rastrojero Diesel, el Cordobazo.

-Hagamos una cosa- le digo al gusano.-Apostemos. Elija un punto en el campo y perfore, ponga una bomba y cuente los litros que saca en una hora. Si no hay agua, yo pago los gastos. Pero si hay, usted me paga el doble.

-¡Pero qué es esto, señores!- dice el gusano.

-Apueste hombre, si no pierde nada. A menos que el problema no sea el agua. Y dígame, ¿para qué quiere el campo? Cuéntenos a todos, queremos saber ¿para cultivo o pastoreo?, ¿Soja, maíz, girasol?, ¿Shorthorn o Aberdeen Angus, caballos árabes? ¿O para cruzar burros con avestruz y sacar plumeros? Ese campo vale lo que piden y un poco más. Y le digo algo, la soja se va a sembrar hasta en el desierto, así que déjese de joder con el tema del agua porque el que se lo compre a usted se lo va pagar muy bien.

El gusano, visiblemente ofendido, se queda duro y mira a Ramírez.

Dejo la pirotecnia sobre la mesa y me despido. Algo se desmorona detrás de mí y antes que el polvillo me alcance abro la puerta del ascensor. Mientras bajo trato de armar en mi cabeza el descalabro que dejé, y me digo, sin contemplaciones, que soy un monumento a la desfachatez. No hacía falta apretar tanto, pero encontré una rendija para sacar la mierda y allá fue.

En la calle me aireo con el sol y con los autos. Si pudiera me alejaría de mí.

Han pasado un par de días y todavía me retumba mi perorata en la inmobiliaria. Inevitable, me siento un impresentable. Cada vez que quiero poner una idea en las palabras, son las palabras las que me llevan a pasear a donde se les antoja.

Mañana haré la mudanza.

Suena el celular. Mi hija que necesita dinero. Le quiero contar lo de la casa nueva pero me interrumpe porque dice que está muy apurada.

-¿A qué hora paso?

-Te dejo un sobre con Mirta.

Mirta es mi secretaria de hace casi veinte años. La tomó mi padre cuando vivía. El día que vino a la entrevista destilaba los aires de la secundaria, pollera tableada y una bufanda que decía Bariloche. Yo, recién egresado de la facultad la miraba con distancia, sabiendo que con mi viejo no se jodía.

Mirta no se parece a nada, no interpreta a nadie. Solo es ella, y con una ventaja importante para un tipo como yo. Ejerce un realismo descarnado, va al hueso en todo. Mirta es un planeta incólume en el que giro seguro.

El teléfono suena en su escritorio y Mirta me dice que son los de la inmobiliaria. Atiendo.

-De inmobiliaria RAM arquitecto. Soy Helena.

Aprovecho para disculparme.

-Espere, espere, le paso con Ramírez.

-Le decía a Helena, que lo del otro día…

-Escúcheme Dipardi, hace una hora vendimos el campo. Usted es un genio de la actuación.

-No actué. Peor, hice de yo mismo.

-Con Helena le estamos muy agradecidos. Dígame Dipardi, ¿Qué le debo?

-¿Deberme?, nada hombre.

-Hagamos una cosa, la pileta se la dejo nueva, y el asador también ¿le parece?

Estoy desembalando. Compré una heladera y un lavarropas última generación, un plato volador. Puse unas sábanas nuevas para hacerlas más amigables, y al rato encontré el aparato zapateando en el medio de la cocina. Esta noche leeré nuevamente las instrucciones.

Todo retumba en estas paredes blancas. Mis pasos, la cinta de embalar, el motor de la heladera y hasta mis pensamientos.

Pegado al living hay un mini estudio con ventana a la calle. Sobre una repisa acomodo mis libros de acuerdo al orden de aparición. Es una baraja que mezclo con la extraña convicción de que no los leeré de nuevo. Pero los necesito, ahí, cerca mío.

Hay una colección de tres tomos que mi abuelo trajo de Cuba o de México, nunca lo supe bien. “Trozos selectos de literatura”, impreso en Nueva York en 1870. Lo de “trozo” tiene un eco culinario, pero no es inapropiado. Son escritos parciales de autores argentinos y extranjeros, un rato antes de que llegaran los monstruos sagrados, Lugones, Darío, Machado. Voy al tomo dos y encuentro el poema que Mármol le escribe a Rosas, lo leo de nuevo y ya entonces la grieta era insalvable. Busco “La vuelta del recluta”, de Jorge Isaac. Lo leí tantas veces. Era como ver una película, aún mejor, le cambiaba las imágenes según fui creciendo. Teresa, la que esperaba al recluta, a mis diez años tenía el rostro de Brigitte Bardot. A los 13, le puse las tetas de Isabel Sarli.

Es viernes y tomo un café sin dejar de mirar el patio. Llevo una semana y me acostumbré a los ecos de la casa. A veces se tapan con los ruidos del barrio, aullidos de gatos en celos, cumbias y bachatas en algún quincho vecino.

A las ocho en punto suena el timbre. Les abro la puerta del garaje a los albañiles que manda Ramírez. Son tres. Descargan unas bolsas de cemento, una malla de acero y una carretilla con herramientas. Uno de ellos me dice que van a trabajar todo el fin de semana. Les señalo un baño en el patio y les dejo las llaves.

Cuando llego a la oficina Mirta me pregunta si mañana estaré en la casa nueva.

-¿Por?

-Quiero conocerla.

Es media mañana del sábado y los albañiles han dejado de hacer ruido. Me acerco a la pileta y veo que cruzan la malla y encima descargan el hormigón. La sutura arranca en el piso y sube como un cierre relámpago por las paredes. El que parece el capataz pasa un fletacho hasta que el revoque fino convierte a la grieta en una mancha gris.

Suena el celular. Es Mirta.

-Estoy afuera, vení a ayudarme.

De su auto sacamos cuatro cajas llenas de plantas y cactus. Solo distingo una santa rita y unos geranios. Desde el patio de baldosas Mirta fisgonea el jardín. Yo la miro desde atrás. El pantalón le queda como un guante y podrían confundirla con una chica de veinte. Cavilo.

-¿Me estas mirando el culo?

-Es la primera vez en tantos años que nos vemos un sábado. También te miro el culo.

-Eso porque no viniste a mi casamiento que fue un sábado, y a mi fiesta de separación, que también fue un sábado.

Mirta dispone las plantas a un costado de la pileta, contra la medianera. Aprovecha y les pide una pala a los albañiles. La quiero ayudar y no me deja.

-Anda a comparar el asado.

Comemos en una mesa improvisada con un tablón. Devoramos un asadito de obra, con tomates a la parrilla y cebollas al rescoldo.

Mirta no para de reírse. Uno de los albañiles cuenta un chiste detrás de otro. Casi la desconozco, no la hacía con tantas burbujas. De postre llegan unos mates con menta.

Ahora son los albañiles los que se ríen con las ocurrencias de Mirta.

La tarde pasa bajo la palmera y tengo la sensación de estar metido adentro de un día de campo.

Mirta levanta los platos y la acompaño a la cocina. Termina de lavarlos y me dice:

-Este culito se va.

-¿Ya?

-¿Qué? ¿Pensabas hacer algo?

-Un cafecito…

-Con el culito digo.

Me rio.

-Quedate tranquilo Dipardi, este culito por el momento tiene dueño. De paso te ahorras la angustia de la decisión. Y gracias, el cafecito otro día.

La despido.

-Liiinda pileta, ¡van a lucir las plantas!- Me grita cuando arranca el auto.

Del invierno no queda nada, ni las aristas del frio, ni el viento sur colándose en las calles y en el cuello del gabán. Me atrincheré en el living con todo a mano, el calefactor Skabe, comida delibery y el televisor. Después, con los primeros soles de octubre pinté la pileta de verde Caribe, a juego con la palmera. La composición me agrada. También me acostumbré a la casa, le encontré la talla. Pocos muebles, pocos cuadros y un sillón grande para dormirme viendo películas. Pero lo que más uso es el patio. Saco una reposera y me quedo mirando los fondos de la casa. Cuando el cielo está puro y la palmera cabecea, imagino que el mar está cerca, a tiro de piedra, con su aire salitroso y su horizonte de agua. Encontré un paisaje en esta ciudad y lo defiendo con la imaginación de un niño.

Hoy cumplo años y me regalé la pileta llena, al tope. Anoche probé las luces y la postal caribeña cobró otra dimensión. El brillo escamado del agua se proyectaba en la medianera, en las flores de Mirta. Azulejos espejados que el tronco de la palmera hacia vibrar. Era una película al aire libre, luego me dormí en la reposera y me desperté a las 6 am, la hora en que nací.

Aunque estamos a fines de noviembre con la humedad gelatinosa de un verano que se aproxima, es una noche apta para cenar afuera, bajo la palmera. Preparo un asado de entrañas y costillas. Llega Mirta con las ensaladas y al rato Ramírez y Helena con la torta.

Comemos y bebemos y las mujeres nos sacan varias copas de ventaja.

Prenden la vela y me recuerdan que pida tres deseos. Cierro los ojos y apenas logro pensar que mi hija no llamó. Soplo, aplauden y entre los tres me tiran a la pileta. Lo disfruto, doy mis primeras brazadas y hago la plancha. Estoy y no estoy en el mundo, el milagro de la ingravidez, la retórica de la física atravesando mi vida. Casi como salirme del tiempo.

Me acerco a la orilla y me encuentro con la cara de Ramírez.

-¿Tendrá un shorcito que me preste, Dipardi?

Ya estamos los cuatro en la pileta. Primero nadamos inconexos, después nos agrupamos alrededor de un balde con champaña. Brindamos por tantas cosas que mi cumpleaños parece fundirse con los augurios de las fiestas de fin de año. Mirta y Helena juegan a tirase agua en la cara. Están en ropa interior, envueltas con las luces del fondo, los cuerpos lustrosos y el brillo descarado de los ojos. Se ponen de acuerdo y se sacan los corpiños. Las tetas flotan como boyas y apuntan hacia nosotros.

Amanezco en el sofá cama del living. A mi lado duerme Mirta y aunque lleva puesta mi camisa, está con el culo al aire.

Me siento extraño. Debí haber hecho esto veinte años atrás. Pongo los ojos en el techo y cuando los cierro se me vienen las últimas imágenes de la noche. Me gustan. Vuelvo a abrir los ojos y por la ventana veo la trompa del auto de Ramírez. No hay ruidos, siguen durmiendo en la habitación de arriba. Salgo al patio.

Bajo la palmera está la mesa como la dejamos. Sobre el césped un par de botellas y unas servilletas de papel con rastros de torta. Por donde se lo mire, son los restos de un naufragio feliz.

Chequeo el celular y encuentro un mensaje de mi hija: “Que pases un lindo cumple viejo. Te quiero”.

Me saco el calzoncillo, me tiro a la pileta y nado. Nado mucho.

Falta una semana para navidad. Los bares de Nueva Córdoba se erizan de luces y de gente. La ciudad está con un ritmo de desenlace. En el estudio los clientes se ponen ansiosos, pero Mirta ataja todas las pelotas con habilidad espartana. Veinte años anestesiado, y ahora la miro y siento hormigas que luego ahogo cuando llego a casa y voy de cabeza a la pileta.

Desde mi cumpleaños no paso un día sin nadar. Solo o con Mirta. Si ella está, nadamos en pelotas y hablamos de cualquier cosa menos de nosotros. Para mí es un triunfo de la convivencia humana, aunque más no sea a tiempo parcial.

-¿Viste las flores que plantamos?

-Sí

-Crecieron con ganas, están preciosas, salvo ese tramo de la punta.

Observo el espacio en blanco entre un jazmín chino y unas margaritas vigorosas. Le digo que lo voy a solucionar.

-¿Cómo?

-Con abono y plantas nuevas.

El sábado por la mañana me traigo de un vivero una caja con plantines de magnolias y begonias, una pala y un rastrillo. Pero hace mucho calor y dejo todo para la tarde. Mirta está de viaje y tengo todo el tiempo del mundo. Sintonizo una FM que solo pasa música y almuerzo algo ligero bajo la palmera. Entro y salgo de la pileta. Estoy pisando los 50 años y en el agua no tengo edad. Juego a tirarme con fuerza y nadar al ras del piso hasta la otra punta. En el agua descubro un territorio seguro, una carretera infinita, sin curvas ni animales sueltos. Venimos de lo anfibios, no tengo dudas.

Me desmayo sobre la reposera, completo. La panza llena de sándwich de miga y el cuerpo relajado.

Me despierto en una claridad intermedia, hecha con las luces de la tarde y las primeras sombras de la noche. Los colores pelean a dentelladas, como dos perros tironeando un hueso. También están las cigarras musicalizando el verano.

Riego. Echo mucha agua sobre el manchón yermo. Cuando la tierra se afloja, clavo la pala una y otra vez. Revuelvo, con el barro se abre fácil. Busco la línea de las plantas florecidas y voy con la pala a fondo para marcar el surco. Pero no avanza, toco algo. Punteo a los costados y siento la misma resistencia, dura y flexible a la vez. Miro la pileta, el borde está alejado y la tapia a medio metro. Nada que justifique la dureza. Vuelvo a puntear hasta encontrar los bordes de lo que hay abajo. Calculo y la cosa esta enterrada a medio metro del suelo. Saco la tierra y doy con una chapa. Sudo. Trabajo con las manos y marco los límites del objeto. Me ayudo con la pala. Sudo más. Es una caja de zinc, encuentro una manija a un costado y tiro. Es pesada pero la levanto y la llevo hasta la luz del asador. Con la ayuda de la pala la abro. Lo que hay adentro esta en el interior de una bolsa de hule. Sudo a mares.

Me tiro a la pileta, salgo y abro la bolsa. Está llena de libros. Los ordeno sobre el césped y los cuento. Son 34 ejemplares. Hay varias obras de Mariátegui, me detengo en una, “La escena contemporánea”. También están “Los siete ensayos de la realidad peruana” que alguna vez leí. Hay libros de Gramsci, Mao, Neruda, Italo Calvino. Ninguno está dedicado ni lleva nombres propios.

Lo único distinto es una carpeta con panfletos universitarios ordenados por fecha, de los años 68 al 74. Los hojeo con detenimiento y busco las huellas de las imprentas clandestinas, la tinta del esténcil corrida, la alteración de las letras móviles.

De la carpeta cae un banderín de satén rojo con una estrella amarilla de cinco puntas. Busco signos en su confección casera, pero nada.

Miro el reloj. Son las 2 de la madrugada y estoy rendido. Como algo y nado. Mojado y sin secarme me tiro en la tumbona. Intento dormir y no puedo. Me lleno de imágenes y pienso en Mariátegui y su intentona de llevar la revolución rusa al Perú de los años 20. Un soñador infinito. Después me acuerdo de mi viaje al Machu Pichu, de Hiram Bingham, su descubridor, de las urnas funerarias y de los objetos personales que ponían junto al muerto en otra urna.

Me levanto como un resorte y tomo la pala. Empiezo a cavar en el hueco que dejó la caja. Hasta que vuelvo a tocar algo duro y plano. Esta vez es una caja de madera de casi dos metros. Me paralizo y sudo a mares. Saco la tierra de alrededor y por el tamaño calculo que entran una o dos personas. Tengo la sensación de que la escena me supera. Busco una lona y tapo la fosa.

He dormido poco y mal. Es un domingo de calor inclemente. Ni una nube, todo es puro sol. Guardo los libros en dos cajas de cartón.

Me tiro a la pileta y nado. La lona sigue ahí, tapando el hueco, aplastando algunas flores, poniendo limites a mis temores.

Al mediodía llamo a Ramírez. Acordamos en vernos el lunes a primera hora.

Me paso el día nadando y regando el jardín. Mi miedo va mutando, primero en ansiedad, después en intriga. En las últimas horas de la tarde, aún con la manguera en mano, ya me siento un guardia pretoriano en actitud de vigilia junto a la fosa.

Primeras luces del lunes. Espero a Ramírez en un café frente a la Plaza España.

Y aparece entre la gente, con un traje de lino crema, impecable, anteojos negros de una sola pieza, y en su cara un gesto de vendedor imbatible. Sus botas de chulo cedieron a unos mocasines de cabritilla color manteca.

Le pido un té, se sienta y le cuento todo, menos lo de los libros.

-Aparte de nosotros, ¿alguien más sabe de esto?

-Nadie.

-Eso es bueno. Mire Dipardi, hay cualquier cosa menos plata en esa caja.

-Lo tengo claro.

Ramírez me mira y luego estira la mirada sobre el tráfico de la plaza. Se frota los ojos, rumea. Lo dejo pensar. Afuera del bar la histeria de la navidad ya se instaló en las bocinas.

-No hay que hacer quilombo Dipardi o se va a quedar sin pileta y sin verano, y yo sin vender la casa.

-¿Cómo?

-No se preocupe. La casa se vende a otros inversores y su alquiler sigue intacto.

-¿Entonces?

-Esta noche después de la cena estoy en su casa. Y ojo, a las chicas ni una palabra.

Paso el día en el estudio sin poder hacer nada. Pienso en la caja y en la actitud de Ramírez. De cómo pasó de su vitalismo exuberante a un aplomo reflexivo, preciso, seguro. De primer bailarín de comparsa carioca a mariscal de campo. Pero esos mocasines manteca y sus botas de media caña, me descalibran.

Se asoma Mirta.

-Estás nervioso Dipardi.

-Improductivo.

-Además de improductivo, tenso…¿Puedo adivinar?

-Dale.

-¿Me vas a proponer matrimonio?

Nos reímos. Ha logrado distenderme.

-Después de las fiestas te venís a casa y pasamos el verano juntos.

-Lo voy a pensar Dipardi, una casa con pileta suena atractivo. En todo caso tengo que comprarme bikinis, antejos de sol, artilugios para mantenerte la libido en alto.

-Un gasto inútil, sabes que no hace falta.

-A todo esto ¿Pusiste las flores?

-En eso estoy, me falta poco.

Alguien llama y Mirta sale a la recepción.

Miro por la ventana y sigo pimponeando entre pileta-Ramírez-pileta-Ramírez.

Estoy sentado mirando la palmera. Arriba, cielo despejado y ni una pizca de viento. En el asador se entibian los restos de un pollo que apenas probé. Apoyados sobre la medianera, la pala y un pico que me pidió Ramírez. Al lado una caja con bolsas de consorcio y dos pares de guantes de tela.

Ramírez llega en una pick up Toyota vieja, que mete de culata en el garaje. Se baja. Está vestido de boy scout y es la primera vez que encuentro sintonía entre su calzado y su ropa. De una mano le cuelga la llave cruz del auto.

-¿Todo listo Dipardi?

Pasamos al patio. Ramírez se desvía hacia el asador. Toma una pata-muslo y se la devora en minutos. Apura un trago de vino y con el atizador corre las brasas.

-No deje que se pase Dipardi, mañana frío es una delicia. Ahora a lo nuestro.

Entre los dos corremos la lona. Ramírez se pone los guantes, golpea la tapa del cajón con el taco, tira un poco de agua y la raspa con la pala.

-Caserito el cajón. Es de peteribí. Como mínimo, lleva 30 años durmiendo aquí.

Cava a los costados y pone la llave cruz en la hendidura de la tapa. Me mira.

-¿Está preparado?

Con el pico le da un golpe a la llave. La tapa cede. La cambia de lugar varias veces y repite el movimiento. Tomamos de los extremos y tiramos hacia arriba. Adentro hay una lona cosida a lo matambre, con manchas ocres, extendidas aquí y allá. Tengo ganas de vomitar.

-Váyase al asador y quédese ahí, Dipardi.

Ramirez extrae un cortaplumas y raja la lona en toda su extensión. Espero a varios metros mientras lo veo hurgar. Entra y saca las manos como queriendo verificar la materia del hallazgo.

-Venga Dipardi.

Camino aplastado, sin decidirme si lo que me asusta más es lo que hay en el cajón o la sangre fría de Ramírez. Pero ahí estoy, hecho sopa, bordeando ese cubo de agua verde que me puso en órbita con un territorio de mi existencia que creía olvidado. Y sigo caminando, muy lentamente, a mi derecha la bañera terapéutica y contra la pared la dimensión desconocida con un lunático en la fosa que parece sacado de una película de Kubrick.

-Mire Dipardi.

Y miro. La lona desbrozada y adentro, engrasados, con trapos en sus bocas, yacen como un desecho de ferretería, los fusiles FAL. Ocho fierros de fabricación nacional, vírgenes de estampidas y de fuego. En el fondo de la bolsa, las balas son un manojo de moho con tonalidades verdes iridiscentes. Metemos todo en tres bolsas de consorcio, llenamos la caja de tierra, esparcimos el abono y ubicamos los plantines de flores.

-¿Y los libros?- Me pregunta Ramírez.

-Adentro. Los tengo en unas cajas.

Entramos. Ramirez los observa y se detiene en el banderín. Lo toca con respeto, lo huele, lo mira del derecho y el revés.

-¿Me lo puedo quedar?

-Por supuesto.

-¿Usted se quiere quedar con los libros?

-Ya saqué el que me interesa.

-¿Cuál?

-Uno de Mariátegui…

-Buena elección, el principio del principio, por estos lugares digo…

Mientras Ramírez se lava en la bacha de la cocina, saco unas cervezas heladas que dejé en el freezer. Están a punto. Bebemos en silencio, respirando hondo y moviendo la cabeza. Con eso nos basta. A ninguno de los dos nos parece necesario poner en palabras lo que encontramos.

-Bueno Dipardi, llegó la hora de poner los huevos en sus nidos.

Cargamos las bolsas y las cajas en la Toyota. Arriba una lona y encima una rueda de auxilio. En la cabina, abajo del asiento, dos porrones de cerveza.

Bajamos al centro y tomamos rumbo oeste por la avenida Colón.

-Abrase la otra cervecita Dipardi, dele.

La botella transpira como nosotros. Bebemos del pico, como dos obreros después de la faena. La terminamos. Noto que la camioneta ya no carretea, ahora se desliza. El motor se ha vuelto más potente y las luces de los autos se achinaron. Navegamos en la espesura de una noche de diciembre, puedo tocarla.

En Colón al 2400 doblamos a la izquierda. En la cuadra siguiente paramos en la esquina. Bajamos las dos cajas de libros y las dejamos en el filo de una tapia. Alcanzo a leer “Biblioteca pública Alberdi”.

Volvemos a la avenida Colón. Las edificaciones en altura empiezan a ralear y la ciudad pierde densidad. La Toyota ruge, nada más parecido a un león a esa hora de la noche.

Pasamos el cruce de Sagrada Familia y aparece el humo de las parrilladas, las mesas afueras, completas de gente y de botellas. En la rotonda del Tropezón el aire cambia, caen unos grados y el cielo muestra las estrellas.

Tomamos por el Camino a la Calera, con sus pinos imperiales, sus cipreses y los cuarteles militares a ambos lados de la carretera. Los pocos autos que circulan estrellan sus luces en el sopor de mis ojos, en las luciérnagas de la tercera cerveza que nos bajamos a dúo con Ramírez. Cabeceo y abro la ventanilla para que el aire llene la cabina de olor a verde.

Los pabellones del ejército son sombras dormidas detrás de los árboles. Se me viene a la memoria el Dipardi recluta, dos meses vivaqueando en un monte de espinillos, el olor a cuero de las correas, el otoño seco y soleado que terminó en los pies de un invierno gélido y futbolero, con gente gritando goles escoceses. Y yo ahí, pura soledad acústica, sopando de prestado el afecto de alguna familia en los días de visita, sacando la cabeza afuera de la carpa e imaginando que cada estrella era una peca de Paula.

-¿En qué piensa Dipardi?

-En lo mismo que usted.

Ramírez me dedica una mueca de hermano mayor, después se ríe zarandeando la tercera botella en su mano libre.

Agarramos una loma de burro y saltamos adentro de la Toyota. Los FAL crujen en la caja y una punta de la lona flamea. Acomodamos los riñones. Todo está en su lugar, la Toyota sin avería, la botella intacta.

Dejamos atrás el último cuartel y doblamos a la derecha. De un lado el alambrado del ejército, del otro el muro de un barrio privado. En el límite norte de los cuarteles nos detenemos.

-¿Aquí?

-Aquí Dipardi.

-Este es el Puesto Castro, siempre hubo un centinela.

-Había, ahora los vigilantes están al frente. Venga deme una mano.

Sacamos las bolsas con los fusiles y las tiramos del otro lado del alambrado. Abajo hay un cartelito que dice “No pasar, Ejército Argentino”.

Una hora después estamos en casa comiendo el pollo frío con un vino que Ramírez lo asocia a una bendición divina. También nadamos y convenimos en pasar año nuevo con Mirta y Helena. Después hablamos de cualquier cosa, trivialidades, diálogos que nos vuelven tan livianos como el agua de la pileta.

Pasé la navidad con mi hija en un restaurante céntrico. Elisa se habló todo. Se puso de novia y la experiencia le sienta, la vuelve mayor y la aleja de los mecanismos conspiratorios de su madre hacia mi persona. En los postres me preguntó si podía pasar fin de año en mi casa, con su pareja.

-Va a ser un gusto, ¿A qué se dedica el pibe?

-Estudia para chef. Antes hizo unos años de ingeniería, pero dice que es una carrera demasiado larga para mantener quietas sus manos y su imaginación. Se llama Emilio y es de Santa Fe.

-¿Gringo?

-Bien gringo, Emilio Taconne, con doble ene.

Mañana del 31 de diciembre. Voy a comprar un aire acondicionado. El ventilador de techo paletea el humo invisible del calor. Me fijo en el reloj, son las 8. La resaca del asado de anoche me dejó un yunque en la cabeza. Estoy molido pero no puedo dormirme. Fue una fiesta en el círculo de arquitectos, en una quinta de Saldán. No debí haber ido, un clásico aburrido que todos los años se repite y termina con el que la tiene más larga, profesionalmente hablando.

Ahora sigo tirado en la cama. Soy un solo jugo, la sábana en la espalda adherida como una babosa. Morir o resucitar. Me acuerdo de la pileta, entonces resucito.

Están todos. En la parrilla hay un lechón que está asando el novio de mi hija.

La palmera luce glamorosa con su tronco envuelto en una serpentina de luces diminutas. Abajo, la mesa con los arreglos florales de Celina. Mirta y Helena van y vienen de la cocina al jardín. En el agua de la pileta, Ramírez reposa orondo sobre una colchoneta inflable. Grabo el momento, hay cierto equilibrio en la composición de la escena.

Cenamos como una familia siciliana, todos hablamos a la vez. Ramírez se cuelga una servilleta al cuello y Emilio nos autoriza a comer las costillas con la mano. Dice que no es una tendencia cool, que simplemente los utensilios hacen al sabor.

-Este chico es sabio- dice Ramírez.

A las cero horas estalla la ciudad. Nos abrazamos todos, pero es el abrazo de Celina con Mirta, largo y sentido, el que me pone un nudo en la garganta. Me hago el distraído y miro la pirotecnia china estallando en el cielo patrio. Por momentos se hace de día, después la noche vuelve, más negra, más alta.

Aparece la música y estamos todos bailando. Ya está, son los primeros minutos del 2004 y el mundo se descomprime, se saca la corbata, se pone en ojotas.

Nos acomodamos con Ramírez en un ángulo de la pileta, los pies en el agua, sudados y descamisados. Helena nos acerca un Chandon y un plato de praliné.

-Una pregunta Ramírez ¿Cómo supo lo de los libros?

-Pura asociación, Dipardi. Era común en esos tiempos enterrar las armas con los libros.

-Una liturgia, como los incas, los mayas…

-Una estrategia diría yo, Dipardi. Los libros se escondían para librarse de alguna visita indeseada y los fierros quedaban a la espera de alguna acción, de alguna orden que los despertara.

-En ese caso se ponía arriba la caja con los fierros y abajo los libros.

-Puede ser, Dipardi, puede ser. También podemos pensar que el dueño quería más los libros que las armas.

-¿Y eso que cambia?

-Dejaba las armas abajo y solo trasladaba los libros.

-….

-Mire Dipardi, los libros siempre fueron más importantes que las armas. Y fíjese que no lo pienso como un maestro de escuela. Lo pienso en el lugar que ocupan en el orden de los acontecimientos. Los buenos libros de pacificadores no tienen un carajo. Los libros están al principio de todo. Las armas son para el asalto final, cuando las palabras ya dieron la orden. Y las palabras, las ideas, vienen de los libros. Las armas alteran el mundo, nada más. Las palabras lo mueven, aunque sea un poquito, pero lo mueven.

-¿Otra copita?

-Por supuesto Dipardi. ¿Se va de vacaciones?

-En enero, todo el mes.

-¿Y a dónde?

-Aquí, pegadito a la pileta.

Nos reímos y vaciamos las copas.

A la una estamos ligeramente borrachos. Haciendo equilibrio entre una lucidez etílica y una somnolencia que las burbujas mantienen a raya.

Bajo la palmera el baile sigue. El cruce de año es un mojón efímero en la memoria, una curva en el calendario que almacena calores y fotos sociales. También una tregua para atarse los cordones y volver a correr, ¿Hacia dónde?

Se han ido todos. Amanece. El día se asienta inmóvil, insonoro. Una cortina se corre en la ventana de una casa vecina. Repaso el patio y no hay rastros de la fiesta. Un gato camina sobre la tapia y el sol lo ennegrece.

En la cocina pongo música a bajo volumen, timbales y voces de Senegal. Sobre la mesada los platos limpios y una taza con un saquito de boldo. Mi adorada Mirta.

Entre la heladera y la pared se asoma la punta del pico. Lo tomo y voy al cantero. Cavo con fuerza, los plantines vuelan a cualquier lado. Me ayudo con la pala y llego a la caja de las armas, le saco la tierra que tiene adentro, palanqueo con el pico y la despego. Tiro y logro sacarla. Me meto adentro de la fosa y con el pico despego la tierra en terrones.

Ha pasado media hora y la fosa tiene una profundidad respetable. Adentro, el silencio del día se agiganta.

Ahora el pico ha dado con algo más duro que la tierra. Limpio a dos manos y aparece la tercera caja, apenas más larga que mi altura.

Dejo todo como está. A duras penas logro salir de la fosa. Me tambaleo y caigo sobre los crisantemos, las begonias. Gateo y caigo a la pileta. Busco la colchoneta inflable y me tiro encima. Entonces floto.

 

Adrián Calvo